La propuesta de este apartado es abordar de manera crítica y reflexiva el pensamiento heredado acerca de las poblaciones vulnerables afectadas por el consumo problemático de sustancias, e intentar establecer una postura frente al sufrimiento subjetivo, como actores activos en el rol de agentes de salud mental. A la luz de los eventos y realidades que en los últimos años de gestión política se develaron, los imaginarios sociales compartidos merecen examinarse y es pertinente analizar los conceptos que abordan diferentes problemáticas, así como los modos de ejercicio legal y gestión pública.
Bien sabido es, que cada orden económico y social establece condiciones que influyen sobre las formas de pensar, sentir, conocer y creer que los miembros de una sociedad adquieren[1], y en la sociedad argentina somos testigos pasivos de una distancia entre los constructos ideológicos que los diferentes estratos sociales tienen sobre los otros actores. Estos constructos son lo que Cornelius Castoriadis[2] llama imaginarios sociales.
El autor propone que los individuos instituyen la sociedad y la sociedad instituye a los individuos. Para Castoriadis hay un flujo dinámico entre lo instituyente y lo instituido, que no puede separarse jamás del contexto histórico. El imaginario social es el magma que produce que los individuos avalen, signifiquen, cosas que existen fuera de él y que tengan independencia propia en un tiempo y espacio dado siendo objeto de participación de un ente colectivo impersonal y anónimo. Según el autor, lo que mantiene a una sociedad unida es su institución, el complejo total de sus instituciones particulares que funcionan como un todo coherente. El imaginario social compartido hace a la realidad.
Ahora bien, nuestra intención es remarcar cómo en esta sociedad argentina actual, se observa una distancia, una discontinuidad, en la trama imaginaria compartida dentro de los sectores vulnerables (y vulnerados) por el consumo de sustancias, y las clases, que se autoproclaman, como lo mejor de la sociedad.
Para Ignacio Puente Olivera (2020)[3], la Argentina atraviesa un momento donde los sectores medios; medios altos; e incluso medio-bajos, es instituido a la vez que instituye que:
“La construcción del imaginario que tienen los chicos en situación de vulnerabilidad social, como los que asisten a Niños de Belén, frente a la sociedad, es la misma que tienen los chicos de sectores mejor acomodados”.
Pero señala, según su experiencia, que la relación que los sectores más vulnerables mantienen con la ley, con el gobierno, con la sociedad, es una relación en conflicto. Por otro lado afirma que desde el punto de vista jurídico, hay una asociación de imaginarios que promueve el conflicto:
“La justicia ve al adicto como un criminal vinculado no a la adicción, si no al delito que comete”.
Es evidente que la tensión entre los elementos que conforman el edificio social es insostenible. La lógica de una estructura estructurante muestra sus fracturas.
Pese a los logros obtenidos con las promulgaciones de leyes como la 26.657 y 26.934 que serán desarrolladas en el siguiente punto, su implementación y ejecución aún está atravesada por un imaginario que no logra empatizar con el sufrimiento del sujeto, sino que por el contrario intenta imponer lo punitorio como muestra de saber, descuidando el comando del barco para entregárselo en bandeja a un mercado que no reconoce amistades.
Para Alicia Stolkiner (2010)[4], la lógica de mercado avanza sobre los adolescentes instituyéndolos como consumidores materiales, proponiendo modelos de cuerpo, de placer centrado en los objetos, de satisfacción rápida e inmediata. Permanentemente se busca la captura de su deseo y su identidad en imágenes de cuerpos y consumos específicos, en el logro de ese “ser”.
Según la psicoanalista Colette Soler (2010)[5], en la sociedad posmoderna, cada uno vale lo que tiene para vender de sí mismo. En una sociedad hambrienta de consumo material, nos preguntamos:
¿Qué valor se les da a almas que por un lado son miradas de reojo por sus pares y por otro son perseguidas por la ley, mientras que el mercado de consumo les pone una zanahoria delante a la cual perseguir? Según Daniel Miguez, en la Argentina se promueven metas comunes de consumo y bienestar para el conjunto de la población; pero hay sectores sociales que sufren restricciones crecientes y que no tienen posibilidades reales de alcanzar ni siquiera mínimamente esas metas” (p. 52).
Entonces, si el individuo es, como lo afirma Castoriadis, un individuo social, interconectado y que siempre se lleva algo del otro, es un claro observable que violentamos a ese ser en silencio. Desgarramos el tejido de esa subjetividad, encerrándolo en una cárcel de imágenes que son más dolorosas que el mundo alucinógeno. No olvidemos que ellos arrastran una identidad social.
Según lo propone este trabajo, es de suma urgencia que se pueda aprovechar el viento de metamorfosis que algunas formas institucionales atraviesan. Según Alicia Stolkiner (2010), instituciones como las educativas, las de contratación y modos laborales, la familia etc., y también de sus instituidos subyacentes como la relación entre géneros, entre generaciones, el lugar de la autoridad, etc. están en una transformación rapidísima. En crisis y reacomodación. Afirma:
“Todas las transformaciones institucionales tienen dos facetas: una de cambio y una de fragilización y degradación. En la crisis de las instituciones esos hechos operan produciendo discursos y, potencialmente cambios” (p. 9).
Como agentes de salud mental debemos hacer nuestra propia reflexión, es necesario buscar en nuestro interior, el lugar de la mecha donde nos queremos parar. Toda metamorfosis social, sufre tensiones que implican un sufrimiento subjetivo.
Para Ignacio Puente Olivera (2020)[6], el desafío es tratar de que el Estado cobre rostro humano. Los trabajadores del Estado deben ser el rostro concreto y humano del Estado, que se pone a caminar con el otro vulnerable, y vulnerado. Es primordial demostrar en acto, que el otro es valioso para la sociedad que está queriendo construir. La propia institucionalidad del Estado o el modo de abordaje del Estado, genera en muchas de estas personas que están en una situación de vulnerabilidad, un imaginario que hace que no demande al Estado.
Apoyado en el trabajo que realiza en la Casa Niños de Belén, Zurita (2020) nos transmite:
“El consumo problemático de sustancias es un fenómeno multidimensional. Por eso es relevante tener en cuenta el contexto social, las condiciones materiales de vida, y el rol de la persona como sujeto activo. Por tanto, se interpretan como válidas, múltiples e integrales intervenciones con el fin de acompañar la situación de la población más excluida” (p.3).
En sintonía, nuestra propuesta es que sin la colaboración humana de las dimensiones instituyentes y de la vida cotidiana, el cambio efectivo en la realidad se obstaculiza. El impacto no provoca aún los efectos deseados en la ayuda que se da a los sectores más vulnerables.
Ante la disolución de las referencias simbólicas necesarias para su bienestar, el barrio y la calle se vuelven centrales como espacios en los que el sujeto construye la pertenencia social. Como afirma Míguez (2010), cuando la familia y los compañeros de trabajo o escuela dejan de ser el lugar de integración principal de un joven, otros ámbitos los sustituyen. En la experiencia de los jóvenes más vulnerables esos ámbitos son el barrio y la calle, vistos fundamentalmente como espacios en donde establecen vínculos de amistad sumamente significativos para ellos (p. 71).
Según lo expuesto, proponemos que es necesaria una revisión en diferentes niveles de análisis, sobre la postura individual como trabajadores de salud mental y como parte de una institución académica, ante una realidad tan desigual. No debemos olvidar la importancia del contexto histórico que hemos propuesto de varias maneras. Nos hallamos atravesados por un paradigma bio-mercantil que no reconoce el sufrimiento implicado en nuestra sociedad. A pesar de enfrentar un contexto pandémico, el paradigma mercantilista de la salud, se muestra más resistente que nunca.
“Sin estos temas es imposibles restaurar la conexión en la medida en que esta es posible entre el pensamiento propiamente dicho y el hacer humano, especialmente el hacer político instituyente” (Castoriadis, 1988).
NOTA:
ESTE TEXTO FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN 2020 PREVIO A LA PANDEMIA COVID-19. LA COYUNTURA ACTUAL EXIGE REALIZAR UNA REVISIÓN Y ACTUALIZACIÓN DE LA PROPUESTA.
Sobre del autor:
• Emiliano A. Gomez es Licenciado en psicología (UBA) y psicoanalista
• M.N. 79913
• Docente de la cátedra 081 "Fisiopatología y enfermedades psicosomáticas" (UBA), tutor de trabajos practicos en la Práctica Profesional 817 "Abordaje de las patologías del acto: la clínica en los bordes" (UBA), y coordinador docente de {Pulsiones}.
•Contacto:
emigomez.psi@gmail.com
@emigomez.psi
REFERENCIAS:
[1] Míguez, D. (2010) Los pibes chorros: estigma y marginación. Buenos Aires, Capital Intelectual, Claves del siglo XXI Nº 7.
[2] Castoriadis, C. (1988) La construcción imaginaria de la realidad.
[3] I. Puente Olivera, comunicación virtual, 30 de junio de 2020.
[4] Stolkiner , A (2010) Las formas de transitar la adolescencia.
[5] Soler, Colette (1994) ¿Qué Psicoanálisis?, Ed. EOL, Bs. As.
[6] I. Puente Olivera, comunicación virtual, 30 de junio de 2020.